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August 31, 2026

El nuevo mapa del petróleo venezolano: el acuerdo de Trump que pone a EE.UU. al frente de una quinta parte de las reservas

El petróleo venezolano acaba de convertirse en el centro de uno de los acuerdos energéticos más extraordinarios y controvertidos de los últimos años.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció un pacto con la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, que otorgaría a empresas estadounidenses el control mayoritario sobre el desarrollo de 17 campos petroleros con más de 65.000 millones de barriles de reservas probadas.

La cifra es gigantesca. Esos 65.000 millones de barriles equivalen aproximadamente al 21,5% de todas las reservas probadas de petróleo de Venezuela, que rondan los 303.000 millones de barriles.

Trump lo presentó como “el mayor acuerdo petrolero de la historia mundial” y aseguró que la operación permitirá aumentar el suministro de crudo de Estados Unidos y reducir los precios de la gasolina durante muchos años.

Pero detrás de las grandes cifras todavía existen numerosas preguntas: ¿qué significa realmente que Estados Unidos tenga el “control mayoritario”? ¿Quién administrará los campos? ¿Cuánto dinero recibirá Venezuela? ¿Y qué consecuencias tendrá el acuerdo para la soberanía energética del país?

Un acuerdo de dimensiones extraordinarias

Según Trump, el pacto fue negociado por el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, el secretario de Guerra, Pete Hegseth, y Delcy Rodríguez, con participación de empresas privadas.

La administración estadounidense asegura que el acuerdo permitirá canalizar alrededor de US$100.000 millones en inversiones para recuperar y modernizar la industria petrolera venezolana.

Rodríguez, por su parte, afirmó que el desarrollo de los campos podría generar más de US$209.000 millones en tributos para el Estado venezolano.

La intención declarada por Caracas es utilizar la inversión extranjera para reconstruir una industria que durante años ha sufrido falta de mantenimiento, escasez de capital y una fuerte caída de su capacidad productiva.

El problema es que buena parte de los detalles todavía no se conocen públicamente.

No se ha divulgado el texto completo del acuerdo, tampoco se han identificado oficialmente todos los campos involucrados ni las empresas privadas que estarán a cargo de su explotación.

¿Qué significa que Estados Unidos controle más del 20%?

Aquí aparece una de las principales controversias.

Trump habló de que Estados Unidos obtuvo el “control mayoritario” sobre más de 65.000 millones de barriles. Sin embargo, eso no significa necesariamente que el gobierno estadounidense se haya convertido en propietario directo de esas reservas.

Los reportes disponibles apuntan a una estructura mediante una asociación entre empresas privadas estadounidenses y venezolanas.

Reuters informó que el acuerdo contempla una participación estadounidense mayoritaria en una estructura destinada a desarrollar los campos, mientras que otros reportes señalan que Estados Unidos tendría aproximadamente un 55% del resultado efectivo de la producción de la nueva compañía.

La diferencia es importante: controlar la explotación y producción de un recurso no es exactamente lo mismo que ser propietario de las reservas que permanecen bajo territorio venezolano.

Precisamente por eso, expertos y abogados han pedido conocer el contrato completo para determinar qué derechos fueron concedidos y durante cuánto tiempo.

Venezuela tiene el petróleo, pero no logra extraerlo

La paradoja que explica el acuerdo es sencilla: Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del planeta, pero produce una fracción muy pequeña de lo que podría producir.

La infraestructura petrolera venezolana se encuentra deteriorada después de años de falta de inversión, problemas operativos, sanciones y dificultades financieras.

El país produce alrededor de 1% del petróleo mundial pese a concentrar aproximadamente 17% de las reservas probadas globales.

Eso convierte a Venezuela en una especie de gigante energético dormido.

Tiene enormes cantidades de petróleo bajo tierra, pero necesita miles de millones de dólares, tecnología, equipos y capacidad empresarial para convertir esas reservas en producción efectiva.

Y ahí es donde Washington ve una oportunidad.

¿Qué gana Estados Unidos?

Para Trump, el acuerdo tiene un objetivo estratégico evidente: conseguir una nueva fuente de petróleo para Estados Unidos.

El presidente enfrenta además un contexto de precios elevados de la gasolina y una reducción de las reservas estratégicas estadounidenses. La guerra con Irán y las dificultades para transportar petróleo por el estrecho de Ormuz han aumentado la presión sobre los mercados energéticos.

Trump sostiene que el petróleo venezolano permitirá aumentar el suministro disponible para Estados Unidos y contribuir a reducir los precios de los combustibles.

El acuerdo también podría fortalecer la seguridad energética estadounidense al proporcionar acceso a una fuente de crudo situada mucho más cerca del territorio continental de Estados Unidos que los grandes productores de Medio Oriente.

Para Washington, por tanto, Venezuela deja de ser solamente un problema político y pasa a convertirse en una pieza estratégica de su política energética.

¿Y qué obtiene Venezuela?

Para Caracas, la apuesta es prácticamente la contraria.

Rodríguez presenta el acuerdo como una oportunidad para reconstruir la industria petrolera, atraer inversiones y aumentar los ingresos públicos.

La administración venezolana sostiene que el desarrollo de los 17 campos podría generar empleos, modernizar instalaciones y elevar considerablemente la producción nacional.

El objetivo declarado es que Venezuela vuelva a convertirse en una potencia energética capaz de utilizar sus enormes reservas para financiar su recuperación económica.

Pero existe una pregunta inevitable: ¿cuánto de esa riqueza terminará realmente en manos del Estado y de los venezolanos?

Las cifras anunciadas son enormes, pero todavía no existe suficiente información pública para comprobar cómo se repartirán los ingresos, los costos y las ganancias.

Un acuerdo que genera dudas sobre la soberanía

La controversia más fuerte está dentro de Venezuela.

Para sus defensores, el pacto representa pragmatismo: si el país no tiene los recursos necesarios para recuperar su industria petrolera, necesita capital extranjero.

Para sus críticos, entregar a compañías vinculadas a Estados Unidos un control mayoritario sobre una parte tan importante de las reservas constituye una cesión excesiva de soberanía.

La discusión se vuelve todavía más delicada porque el acuerdo se produce después de la salida del poder de Nicolás Maduro y la llegada de Rodríguez a la presidencia interina.

Expertos legales han cuestionado si el gobierno interino tiene facultades suficientes para comprometer durante décadas una parte tan importante de los recursos naturales venezolanos. También han pedido transparencia sobre la estructura jurídica de la operación.

Una operación que podría durar décadas

Uno de los aspectos más llamativos de los reportes sobre el acuerdo es su duración.

Según información publicada por medios estadounidenses, la estructura contempla derechos sobre los campos durante un período extraordinariamente largo, de hasta 100 años.

Eso significa que no se trata simplemente de un contrato petrolero convencional.

Si finalmente se confirma esa duración, el acuerdo podría influir sobre varias generaciones de venezolanos y convertirse en una de las decisiones económicas más trascendentales de la historia reciente del país.

Por eso, la falta de un documento público genera todavía más preguntas.

El gran desafío: sacar el petróleo de la tierra

Incluso con el acuerdo firmado, existe un obstáculo enorme: Venezuela necesita reconstruir su industria.

Tener reservas no significa tener petróleo disponible inmediatamente.

Muchos de los campos venezolanos requieren inversiones multimillonarias, nuevos equipos, infraestructura, oleoductos, refinerías y tecnología especializada.

Además, una buena parte del petróleo venezolano es pesado y requiere procesos específicos para ser transportado y refinado.

Los expertos advierten que el aumento significativo de la producción no será inmediato.

Por eso, las promesas de una reducción rápida de los precios de la gasolina en Estados Unidos deben tomarse con cautela. El petróleo puede tardar años en pasar de las reservas subterráneas a convertirse en barriles adicionales disponibles en el mercado.

Una nueva relación entre Washington y Caracas

El acuerdo también representa un cambio radical en la relación entre Estados Unidos y Venezuela.

Durante años, Washington utilizó sanciones económicas para presionar al gobierno venezolano y restringir su industria petrolera.

Ahora, bajo Trump, Estados Unidos busca convertirse en uno de los principales actores dentro de esa misma industria.

La transformación es extraordinaria: de intentar aislar el petróleo venezolano a buscar controlar su desarrollo.

Y eso demuestra hasta qué punto la geopolítica puede cambiar cuando los intereses energéticos entran en juego.

Mucho más que un negocio petrolero

El acuerdo anunciado por Trump y Rodríguez no es simplemente una operación empresarial.

Es también una apuesta geopolítica, económica y estratégica.

Para Estados Unidos significa acceso privilegiado a una de las mayores concentraciones de petróleo del planeta. Para Venezuela representa la posibilidad de conseguir el capital necesario para reconstruir una industria devastada, pero también abre un debate sobre cuánto control extranjero está dispuesto a aceptar el país sobre sus recursos naturales.

Por ahora, muchas de las piezas todavía están ocultas.

No se conoce públicamente todo el contrato, no están claros todos los mecanismos de reparto de beneficios y persisten interrogantes legales sobre la operación.

Lo que sí está claro es la magnitud del cambio.

Más de 65.000 millones de barriles —aproximadamente una quinta parte de las reservas venezolanas— han quedado en el centro de una nueva alianza entre Washington y Caracas.

Y si el acuerdo consigue convertir esas reservas en producción real, podría transformar no solamente la economía venezolana, sino también el mapa energético de todo el continente americano.

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