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July 23, 2025

“Más que una consulta, damos consuelo”: la familia de médicos que brinda alivio a migrantes en la Ciudad de México

Ciudad de México — En una pequeña clínica al oriente de la capital mexicana, entre tensiómetros, frascos de medicina genérica y sillas de plástico, sucede algo que no se enseña en ninguna facultad de medicina: el apapacho. Ese gesto tan mexicano que combina abrazo, consuelo y cuidado se ha convertido en el sello de una familia de médicos que atiende gratuitamente o a bajo costo a migrantes en tránsito por el país, muchos de ellos sin acceso al sistema de salud.

La clínica, bautizada “Salud Frontera”, es atendida por los doctores Guillermo y Martha, un matrimonio con más de 30 años de experiencia en medicina general, acompañados ahora por sus dos hijos, también médicos. Lo que comenzó como un modesto consultorio de barrio, se ha transformado en un refugio médico y emocional para personas que huyen de la violencia, la pobreza o la persecución.

“Aquí no solo curamos cuerpos, también escuchamos historias. Y muchas veces, eso es lo que más necesitan”, dice la doctora Martha con una sonrisa cálida.

Historias que cruzan fronteras (y llegan con heridas invisibles)
Cada semana, decenas de migrantes —provenientes principalmente de Honduras, El Salvador, Venezuela y Haití— llegan al consultorio con males físicos que a menudo encubren dolores más profundos: infecciones respiratorias por dormir en la calle, heridas infectadas por cruzar ríos, ataques de ansiedad por la incertidumbre del camino.

“A veces vienen con los pies sangrando, o sin haber comido en dos días. Pero lo más fuerte es la mirada: llegan con miedo. Aquí tratamos de devolverles un poco de dignidad”, explica Guillermo, quien se encarga de las consultas médicas generales.

Además de atención clínica, la familia ha tejido una red de apoyo con organizaciones sociales, albergues, vecinos y otros voluntarios que donan medicamentos, alimentos y hasta zapatos para quienes lo necesitan.

Un modelo de atención que mezcla ciencia y compasión
A diferencia de hospitales públicos colapsados o sistemas que excluyen por falta de papeles, en esta clínica no se pregunta por nacionalidad ni estatus migratorio. El enfoque, aseguran, es humanitario: aliviar el sufrimiento y ofrecer una pausa en el largo y doloroso trayecto hacia el norte.

“Somos médicos, pero también somos padres. ¿Cómo no conmovernos cuando vemos a niños enfermos durmiendo en la calle?”, confiesa su hijo menor, Rafael, especialista en medicina interna.

Los pacientes suelen llamarles "la familia que cura con el alma", y no es difícil entender por qué. A menudo, después de una consulta, los médicos regalan también una palabra amable, una risa, una bolsa de comida o simplemente un espacio seguro para descansar.

Una lección para el sistema (y para todos)
Mientras el debate sobre migración se polariza en medios y gobiernos, esta familia demuestra que no se necesita una política internacional para mostrar empatía. En un país que es ruta obligada para miles de personas en movimiento, este tipo de iniciativas —aunque pequeñas— tienen un impacto inmenso.

“No podemos cambiar el mundo entero, pero sí el mundo de una persona por día”, dice Martha, mientras acomoda cajas con medicamentos donados.

Conclusión: cuando la medicina se convierte en abrazo
En tiempos de muros, deportaciones y discursos de odio, esta clínica familiar en Ciudad de México se alza como un recordatorio poderoso: curar también es acompañar. Y a veces, el “apapacho” —esa mezcla de ternura, respeto y cuidado— es tan necesario como un antibiótico o un diagnóstico.

Porque como dice el letrero en la entrada del consultorio:
“Aquí no importa de dónde vienes, sino cómo te vas.”

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