El legado nuclear olvidado de Venezuela: la historia detrás del uranio que terminó en manos de Estados Unidos
Durante décadas, pocos sabían que Venezuela conservaba una pequeña cantidad de uranio altamente enriquecido almacenado en instalaciones científicas del país. Sin embargo, una reciente operación internacional realizada bajo estrictas medidas de seguridad volvió a poner el tema en el centro de la atención mundial y reveló un capítulo poco conocido de la historia científica venezolana.
La existencia de este material no estaba relacionada con un programa de armas nucleares. Su origen se remonta a los años de la Guerra Fría, cuando numerosos países desarrollaron proyectos de investigación científica y energética con apoyo internacional. Venezuela incorporó entonces el reactor de investigación RV-1, administrado por el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), que utilizaba combustible nuclear enriquecido para fines académicos y experimentales.
El reactor dejó de operar a principios de la década de 1990, pero parte del combustible nuclear permaneció almacenado bajo supervisión técnica durante años. Según autoridades estadounidenses e internacionales, el material consistía en aproximadamente 13,5 kilogramos de uranio enriquecido por encima del umbral del 20%, una categoría que los organismos internacionales consideran material sensible desde el punto de vista de la seguridad nuclear.
La reciente operación para retirar el uranio se llevó a cabo mediante una cooperación poco habitual entre Venezuela, Estados Unidos, Reino Unido y el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). El objetivo era eliminar riesgos de proliferación y trasladar el material a instalaciones especializadas donde pudiera ser procesado y gestionado de forma segura.
De acuerdo con los informes divulgados posteriormente, el operativo se realizó con un alto nivel de discreción. El uranio fue colocado en contenedores especiales diseñados para el transporte de material nuclear y trasladado bajo fuerte custodia desde las instalaciones del IVIC, cerca de Caracas, hasta el puerto de Puerto Cabello. Desde allí fue embarcado en un buque especializado que lo llevó hasta territorio estadounidense.
Las autoridades involucradas señalaron que el traslado se completó sin incidentes y bajo la supervisión de expertos internacionales en seguridad nuclear. Posteriormente, el material fue enviado a instalaciones del gobierno estadounidense para su procesamiento y reutilización dentro de programas nucleares autorizados.
Especialistas en no proliferación consideran que este tipo de operaciones forman parte de esfuerzos globales destinados a reducir la cantidad de material nuclear sensible almacenado en distintos países. Durante las últimas décadas, iniciativas similares han permitido retirar combustible altamente enriquecido de reactores de investigación en diversas regiones del mundo para minimizar riesgos de robo, tráfico ilegal o uso indebido.
La operación también llamó la atención por producirse en medio de una compleja relación política entre Washington y Caracas. A pesar de las diferencias diplomáticas que han marcado gran parte de los últimos años, ambas partes colaboraron junto con organismos internacionales para concretar una misión que los expertos califican como un importante avance en materia de seguridad nuclear.
Más allá de las implicaciones geopolíticas, el episodio sirve para recordar un aspecto poco conocido de la historia científica venezolana. Lo que comenzó décadas atrás como un proyecto de investigación académica terminó convirtiéndose en una delicada operación internacional que involucró a varias naciones y organismos especializados.
Con el traslado de este material, Venezuela deja atrás uno de los últimos vestigios de su antiguo programa de investigación nuclear, mientras la comunidad internacional destaca el operativo como un ejemplo de cooperación para reducir riesgos y fortalecer la seguridad global en torno a materiales nucleares sensibles.

