La economía de EE.UU. entra en zona de turbulencias y el mundo empieza a preocuparse
Durante años, la economía de Estados Unidos ha funcionado como uno de los principales motores de la economía mundial. Cuando crece, arrastra a otros países; cuando se desacelera, sus efectos pueden sentirse desde las fábricas de Asia hasta los mercados financieros de Europa y América Latina.
Por eso, las señales que actualmente llegan desde Estados Unidos están siendo observadas con especial atención.
El panorama no es el de una economía al borde del colapso. De hecho, algunos sectores continúan mostrando una notable fortaleza. Pero detrás de esa resistencia aparecen problemas que podrían complicar el futuro: una deuda pública que supera los US$40 billones, elevados costos de financiamiento, inflación todavía persistente, un mercado laboral que pierde impulso y una enorme incertidumbre sobre las próximas decisiones de la Reserva Federal.
La combinación de estos factores es la que está haciendo sonar las alarmas.
Una economía que todavía crece, pero a un ritmo más débil
Uno de los elementos que hacen difícil interpretar la situación es que Estados Unidos no se encuentra actualmente en una recesión.
La economía continúa creciendo y el sector servicios mantiene una actividad sólida. En agosto, el índice de servicios del Institute for Supply Management alcanzó 55,4 puntos, señal de expansión. La inversión relacionada con la inteligencia artificial también continúa impulsando la demanda y la actividad empresarial.
Pero el crecimiento es menos vigoroso de lo que muchos desearían.
El PIB estadounidense avanzó a una tasa anualizada de apenas 1,5% durante el segundo trimestre. Al mismo tiempo, el déficit comercial se amplió considerablemente en julio, hasta alcanzar US$88.600 millones.
Es decir, Estados Unidos todavía está creciendo, pero la combinación de crecimiento moderado y costos elevados genera dudas sobre cuánto tiempo puede mantenerse ese ritmo.
El enorme problema de la deuda
Quizás ninguna cifra genera tanta preocupación como la deuda federal.
La deuda nacional estadounidense ya ha superado los US$40 billones, mientras el costo anual de los intereses se acerca o supera el billón de dólares.
Esto tiene una consecuencia directa: cuanto más caro resulta pedir prestado, más dinero debe destinar el Gobierno simplemente a pagar los intereses de obligaciones acumuladas.
Y el problema no es exclusivamente estadounidense.
Los bonos del Tesoro son una pieza fundamental del sistema financiero internacional. Bancos centrales, fondos de inversión, gobiernos y grandes instituciones financieras de todo el mundo poseen activos denominados en dólares y deuda estadounidense.
Por eso, cualquier cambio importante en la percepción sobre la sostenibilidad fiscal de Estados Unidos puede terminar afectando los mercados globales.
Los bonos están enviando una señal incómoda
Los mercados de deuda han experimentado fuertes movimientos durante las últimas semanas.
El rendimiento del bono del Tesoro estadounidense a 10 años llegó a niveles cercanos al 4,8%, mientras que los rendimientos de bonos de otros grandes países también aumentaron.
El problema es que unos intereses elevados encarecen prácticamente todo.
Para el Gobierno significa pagar más por refinanciar su deuda. Para las empresas significa mayores costos para financiar inversiones. Para los consumidores puede traducirse en créditos hipotecarios, préstamos para automóviles y otras formas de financiamiento más caras.
Y existe un efecto adicional: si los inversores exigen mayores rendimientos para comprar deuda estadounidense, el margen de maniobra de Washington se reduce.
La inflación vuelve a complicar a la Reserva Federal
Normalmente, cuando una economía pierde velocidad, la Reserva Federal puede reducir las tasas de interés para estimular el crédito y el consumo.
Pero hacerlo ahora no es tan sencillo.
La inflación continúa siendo una preocupación. Los costos de producción en el sector servicios alcanzaron en agosto su nivel más alto en tres años, mientras los aranceles y el encarecimiento de determinadas materias primas siguen ejerciendo presión sobre las empresas.
Esto coloca a la Reserva Federal ante un dilema complicado.
Si mantiene las tasas elevadas durante demasiado tiempo, puede frenar todavía más el crecimiento. Si reduce los tipos demasiado rápido y la inflación vuelve a acelerarse, podría verse obligada a endurecer nuevamente su política monetaria.
Incluso la posibilidad de una subida de tasas durante septiembre ha vuelto a entrar en el debate, dependiendo principalmente de los próximos datos de inflación.
Un mercado laboral que empieza a enfriarse
El mercado laboral tampoco ofrece una señal completamente tranquilizadora.
Las solicitudes iniciales de subsidios por desempleo llegaron a 206.000 en la última semana de agosto y las solicitudes continuadas aumentaron hasta 1,779 millones. Al mismo tiempo, las empresas anunciaron un aumento significativo de los recortes de empleo previstos en agosto.
Sin embargo, todavía hay una diferencia importante respecto a una crisis laboral tradicional: los despidos continúan siendo relativamente bajos.
La economía parece encontrarse en una situación que algunos analistas describen como "contratar poco, despedir poco".
Eso puede mantener estable el desempleo durante un tiempo, pero también significa que para quienes buscan trabajo resulta más difícil encontrar nuevas oportunidades.
Los aranceles agregan otra capa de incertidumbre
La política comercial de la administración de Donald Trump también está complicando el panorama.
Los aranceles pueden proteger determinadas industrias estadounidenses, pero también aumentan los costos de muchos productos y componentes importados. Las empresas tienen que decidir si absorben esos costos, reducen sus márgenes o los trasladan al consumidor.
Al mismo tiempo, otros países pueden responder con sus propias medidas comerciales.
El resultado puede ser una combinación incómoda: menor comercio internacional, mayores costos y más presión inflacionaria.
Los datos recientes muestran precisamente que el déficit comercial estadounidense volvió a ampliarse a pesar de los aranceles.
¿Por qué todo esto preocupa al resto del mundo?
Porque Estados Unidos no es una economía aislada.
El dólar continúa ocupando un papel central en el comercio internacional y en las reservas de los bancos centrales. Los bonos del Tesoro estadounidense son considerados uno de los principales activos financieros globales.
Si los rendimientos estadounidenses aumentan, los inversores de todo el mundo pueden modificar sus carteras. El dinero puede desplazarse hacia activos denominados en dólares, mientras otros países tienen que ofrecer mayores intereses para competir por capital.
Eso puede afectar especialmente a las economías emergentes.
Un país latinoamericano, por ejemplo, puede encontrarse pagando más para financiar su deuda externa si aumentan los costos internacionales de financiamiento. También puede experimentar presiones sobre su moneda y sobre la inflación si el dólar se fortalece.
Por eso, una decisión de la Reserva Federal puede tener consecuencias mucho más allá de las fronteras estadounidenses.
El paradójico papel de la inteligencia artificial
Hay, sin embargo, un elemento que introduce cierto optimismo: la inteligencia artificial.
La inversión relacionada con la IA está impulsando la construcción de centros de datos, la demanda de semiconductores, infraestructura energética y otros sectores. El Fondo Monetario Internacional considera que este auge está contribuyendo de manera importante al crecimiento estadounidense y de otras economías vinculadas a esa cadena tecnológica.
El problema es que también puede generar una enorme demanda de capital.
En otras palabras, la misma revolución tecnológica que ayuda a mantener el crecimiento podría contribuir a elevar la competencia por financiamiento.
No es una crisis todavía, pero sí una advertencia
Quizás la característica más importante del actual panorama económico estadounidense sea precisamente su contradicción.
Por un lado, Estados Unidos conserva enormes fortalezas: una economía diversificada, empresas tecnológicas líderes, un mercado de consumo gigantesco y una extraordinaria capacidad para atraer capital e innovación.
Por otro, enfrenta desequilibrios cada vez más difíciles de ignorar.
El FMI proyectaba para Estados Unidos un crecimiento de 2,4% en 2026 y consideraba que el desempleo permanecería relativamente bajo, pero también advertía sobre el elevado déficit fiscal y una trayectoria de deuda que podría superar el 140% del PIB hacia 2031.
El problema, entonces, no es necesariamente que la economía estadounidense vaya a desplomarse mañana.
El verdadero temor es que varios problemas aparentemente manejables comiencen a reforzarse entre sí: deuda elevada, intereses altos, inflación persistente, menor contratación, tensiones comerciales y un crecimiento más lento.
Y cuando la economía más grande del planeta comienza a mostrar esas señales al mismo tiempo, el resto del mundo tiene buenas razones para prestar atención.
Porque la pregunta ya no es solamente si Estados Unidos puede seguir creciendo.
La pregunta es cuánto le costará mantener ese crecimiento y qué ocurrirá con el resto del mundo si finalmente pierde impulso.


