La generación que está aprendiendo menos: el preocupante retroceso educativo que revela PISA
Los resultados de las pruebas PISA 2025 han encendido las alarmas sobre el estado de la educación. España obtuvo sus peores resultados históricos en las tres áreas evaluadas —lectura, matemáticas y ciencias—, mientras que numerosos países de América Latina también registraron retrocesos o permanecieron prácticamente estancados.
El fenómeno no afecta únicamente a una región. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) advierte de una caída generalizada del rendimiento entre los adolescentes de 15 años, en un contexto marcado por las consecuencias de la pandemia, las dificultades de concentración, el uso intensivo de dispositivos digitales y problemas estructurales de los sistemas educativos.
Pero los datos españoles llaman especialmente la atención.
España toca su mínimo histórico
En PISA 2025, los estudiantes españoles obtuvieron 451 puntos en lectura, 457 en matemáticas y 477 en ciencias.
Son sus peores resultados desde que España comenzó a participar en estas evaluaciones internacionales en el año 2000.
El descenso respecto a 2022 fue especialmente pronunciado en comprensión lectora, con una pérdida de 23 puntos. En matemáticas la caída fue de 16 puntos y en ciencias de 8. En comparación con 2015, España ha perdido alrededor de 45 puntos en lectura, 30 en matemáticas y 16 en ciencias.
El resultado tiene una consecuencia preocupante: cerca de un tercio de los estudiantes españoles no alcanza las competencias mínimas en matemáticas y lectura.
Y mientras disminuye el grupo que tiene dificultades para alcanzar los conocimientos básicos, también es reducido el porcentaje de alumnos que consigue situarse en los niveles más altos.
España, además, quedó por debajo de los promedios de la OCDE y de la Unión Europea en las tres competencias principales.
América Latina tampoco consigue escapar del retroceso
La situación al otro lado del Atlántico tampoco es alentadora.
Argentina experimentó una de las caídas más fuertes de la región y obtuvo sus peores resultados en dos décadas. México retrocedió en matemáticas y lectura, mientras Colombia también empeoró en esas dos áreas, aunque consiguió una ligera mejora en ciencias.
Chile, tradicionalmente uno de los sistemas educativos con mejores resultados de América Latina, también registró descensos en matemáticas y lectura.
Brasil, por su parte, permaneció prácticamente estancado, aunque consiguió una pequeña mejora en ciencias. Costa Rica aparece entre las excepciones, con avances en algunas áreas.
Los datos de la OCDE muestran, por ejemplo, que Argentina obtuvo 389 puntos en lectura, 367 en matemáticas y 403 en ciencias; Perú, 390, 382 y 436 respectivamente; Colombia, 399, 381 y 432; México, 408, 388 y 453; y Brasil, 408, 377 y 406.
El problema es que estas cifras no solo hablan de posiciones en un ranking.
Hablan de lo que un adolescente de 15 años sabe hacer cuando tiene que interpretar un texto, resolver un problema matemático o comprender un fenómeno científico.
Leer se está convirtiendo en uno de los grandes problemas
Uno de los datos más preocupantes es el deterioro de la comprensión lectora.
Leer no significa simplemente reconocer palabras. Implica comprender argumentos, distinguir hechos de opiniones, relacionar información, detectar contradicciones y extraer conclusiones.
En España, la caída ha sido especialmente pronunciada.
En América Latina ocurre algo parecido. En México, solo alrededor del 30% de los estudiantes alcanzó el nivel básico de matemáticas, mientras que en Brasil apenas el 49% alcanzó al menos el nivel 2 de competencia lectora.
Esto plantea una pregunta que va mucho más allá de las escuelas:
¿qué ocurre con una sociedad cuando una parte importante de sus jóvenes tiene dificultades para comprender información compleja?
La respuesta afecta al mercado laboral, la democracia, la productividad y la capacidad de adaptarse a tecnologías cada vez más sofisticadas.
El problema no comenzó con la pandemia
Sería sencillo atribuir estos resultados exclusivamente al cierre de las escuelas durante la pandemia.
Sin embargo, los datos muestran que el deterioro comenzó antes.
En España, por ejemplo, los resultados de 2022 ya eran significativamente inferiores a los de 2012 y 2015 en matemáticas, lectura y ciencias.
La pandemia pudo acelerar una tendencia que ya estaba en marcha.
En numerosos países existen además problemas relacionados con la falta de docentes, el aumento de las necesidades educativas especiales, las desigualdades sociales y las dificultades para mantener la atención de los estudiantes.
Por eso, buscar un único culpable probablemente sea insuficiente.
La revolución de las pantallas
Otro elemento que aparece cada vez con más frecuencia en el debate educativo es el uso de teléfonos inteligentes, redes sociales y otras tecnologías.
Los estudiantes viven rodeados de estímulos que compiten constantemente por su atención.
Un texto largo exige concentración. Un video corto ofrece entretenimiento inmediato.
Un problema matemático requiere esfuerzo. Una aplicación puede proporcionar una respuesta en segundos.
Y ahora se añade la inteligencia artificial.
Las nuevas herramientas pueden convertirse en extraordinarios instrumentos educativos, pero también pueden facilitar que los estudiantes sustituyan el esfuerzo intelectual por la búsqueda inmediata de respuestas.
El desafío ya no consiste solamente en enseñar conocimientos.
Consiste en enseñar a pensar, verificar, cuestionar y comprender.
Una generación que llega a un mundo más complejo
La preocupación aumenta porque los jóvenes que aparecen en estas estadísticas tendrán que desenvolverse en un mundo laboral radicalmente diferente.
La inteligencia artificial está transformando profesiones, automatizando tareas y aumentando la importancia de capacidades como el razonamiento, la creatividad y la resolución de problemas.
En ese contexto, una caída en las habilidades fundamentales resulta especialmente preocupante.
Un estudiante que tiene dificultades para comprender un texto complejo tendrá problemas para evaluar información generada por una inteligencia artificial.
Quien no domina las matemáticas básicas puede tener dificultades para interpretar estadísticas, precios, créditos o información financiera.
Y quien carece de conocimientos científicos puede ser más vulnerable frente a la desinformación relacionada con salud, clima o tecnología.
No todos los estudiantes parten del mismo lugar
Los resultados también muestran que la educación continúa profundamente vinculada a las condiciones sociales.
En Brasil, por ejemplo, la diferencia en ciencias entre el 25% de estudiantes con mayor nivel socioeconómico y el 25% con menor nivel alcanza los 96 puntos, una brecha superior a la media de la OCDE.
Esto significa que mejorar la educación no consiste únicamente en modificar los programas escolares.
También implica combatir la desigualdad.
Un niño que dispone de libros, conexión a internet, un espacio tranquilo para estudiar y apoyo familiar parte con ventajas frente a otro que vive en condiciones de pobreza y tiene que compartir un teléfono o estudiar en un ambiente inestable.
PISA no lo explica todo, pero sí lanza una advertencia
Las pruebas PISA no pueden medir toda la calidad de un sistema educativo.
No dicen cuánto esfuerzo hace un profesor, cuánto talento tiene un estudiante o qué valores desarrolla una escuela.
Pero sí proporcionan una fotografía comparable sobre determinadas competencias fundamentales.
Y la fotografía actual no es tranquilizadora.
España está ante su peor resultado histórico. América Latina continúa enfrentando enormes dificultades para mejorar sus niveles de aprendizaje. Y la propia OCDE registra un deterioro general de las competencias entre los adolescentes.
El desafío consiste ahora en evitar que estos resultados se conviertan simplemente en otra batalla política.
Unos culparán a las leyes educativas. Otros a los profesores, a las familias, a la pandemia, a los teléfonos móviles o a la falta de inversión.
Probablemente la realidad sea mucho más compleja.
El futuro se decide también en las aulas
Una sociedad puede recuperarse de una crisis económica. Puede reconstruir una carretera, levantar un edificio o reemplazar una máquina.
Pero recuperar años de aprendizaje perdidos es mucho más difícil.
Por eso, los resultados de PISA deberían ser entendidos como una llamada de atención.
No se trata de obsesionarse con los rankings ni de convertir la educación en una competición entre países.
Se trata de algo mucho más importante: conseguir que un joven de 15 años pueda leer y comprender un texto, resolver un problema, interpretar información, pensar críticamente y aprender por sí mismo.
Porque esas capacidades no pertenecen solamente al mundo de la escuela.
Son las herramientas con las que una generación tendrá que construir su futuro.
Y si algo dejan claro los resultados de PISA 2025 es que ese futuro necesita que volvamos a tomarnos el aprendizaje en serio.


